A los fusilados de Cabanillas

EL hombre es un animal ciertamente curioso. Solemos rodearnos de sentencias, de reflexiones con las que manejarnos que luego no cumplimos e intentamos por todos los medios justificar la imposibilidad de seguir esas reflexiones. Así, decimos que hay que aprender de los hechos de la historia para no volver a repetirla; pero cuando nos toca, empezamos con la justificación de que “en algunos casos es mejor no hablar; el pasado no hay que removerlo”. Lógicamente, a esto se llega cuando uno no es capaz de discernir entre hablar de las cosas racionalmente o hacerlo visceralmente, fuera de emociones añadidas. Hablar de la historia sin más. ¿De qué forma, si no, podrían vivir los alemanes su pasado? Sencillamente, los alemanes de hoy no tienen ninguna deuda con su pasado, salvo la de reconocerla. Durante estos días se cumple el 75 aniversario de muchos hechos violentos ocurridos en la Guerra Civil española. De hecho, el 3 de agosto es la fecha en la que 14 personas de Cabanillas fueron fusiladas. Algunos todavía tienen familia, otras no. Algunos cuerpos fueron trasladados a Cabanillas, otros no, continúan olvidados en una zanja allá por Beriáin.

Y no entiendo por qué cada vez que se intenta rememorar lo ocurrido muchos tratan de taparlo. Y, sin embargo, aquí no se trata de pasar ninguna cuenta, no se trata de buscar culpables, no se trata de hacer mártires. Se trata de recordar personas que en su día fueron vilmente asesinadas por sus ideas. Hoy, con una democracia, creemos que consolidada, podemos hacerlo, si somos lo suficientemente maduros para hablar del pasado, como en otros lugares.

Porque no entiendo cómo podemos ser capaces de entender que Francia acoja en su seno cementerios alemanes con todos lo honores. Sencillamente, porque eran jóvenes, chavales a los que llevaron a la guerra, y nosotros, con los nuestros, no seamos capaces de reconocerlo, de recordarles, de hablar de ello con la naturalidad de quien no tiene miedo a recordar porque reconoce los errores pasados, sean los de uno u otro bando. Tenemos miedo a recordar y ese es un error porque la memoria de los pueblos es débil y tiende a olvidar justamente esos hechos con los que se siente más incómodo; esos hechos que, curiosamente, debemos recordar para no volver a repetir. Pero, como hemos dicho antes, no lo hacemos y, además, lo justificamos.

Como siempre, los españoles somos como somos: nos callamos a ver si así pasa la tormenta y se solucionan las cosas con el tiempo. Y así no es, porque el tiempo es traicionero.

Al final lo que aquí prima, al parecer, es que siga habiendo dos bandos. Si no fuese así no habría problema en reconocer a quienes fueron asesinados.

Por eso, el 3 de agosto de 2011, acudiré al cementerio de Cabanillas acompañada de mi hijo, a enseñarle la lápida incompleta de aquellos vecinos. Explicaré a mi hijo lo que ocurrió. Porque yo sí quiero que lo sepa. Pero quiero que sepa las historias de la gente, la que sufrió, no la de los bandos. Seguro que no seré la única que vaya. Este es el único y mejor homenaje que puedo hacer a estos vecinos: Pedro Aguado Mateo, Felisa Aguado Sáinz, Pedro Luis Aguado Sáinz, Proceso Calleja Aguado, Simona Calleja Aguado, Teófilo Julio Cervera García, Saturnino Gil, Manuel Jimeno Gil, Macario Pedro Marín Martínez, Dámaso Julián Paz Peralta, Pascual Pérez Coso, Santiago Pérez Enériz, Luis Pérez Galindo y Leoncio Serrano Domínguez.

Marta Elía Beuvain

Remitido por la autora a Parquedelamemoria.org tras ser publicado inicialmente en Diario de Noticias.
Ver publicación original:
http://www.noticiasdenavarra.com/2011/08/02/opinion/cartas-al-director/a-los-fusilados-de-cabanillas